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Caminábamos
sobre los raíles con los brazos abiertos
exhibiendo el equilibrio impropio de la juventud.
Mirábamos al sol;
nos dábamos la mano;
sentíamos la vibración subir desde la tierra.
Nos dejábamos llevar por ese temblor rítmico
de las traviesas sintiendo al tren; y entonces
comprendíamos que la amistad es ante todo
una compañía silenciosa.
Los trenes pasaban por Vitoria
en su trayecto Madrid-Irún-Madrid.
Transportaban gente anónima y trabajadora
que respondía con melancolía al saludo de nuestras manos.
Aquellos ferrocarriles eran oscuros y lentos
y dejaban a su paso el olor amargo
y rancio de los hierros.
Eran otros trenes, otras épocas;
y era, sobre todo,otra juventud la nuestra.
Ahora los trenes van –o vienen- velozmente desde el norte
y ya no son oscuros ni grises como entonces.
A veces viajo hacia el sur en un tren
veloz y moderno y aún siento la paz del campo
desbordarse en mi corazón. Pero ya no hay jóvenes
saludando a nuestro paso
ni comprendiendo aquella vibración serena
que ascendía lentamente desde la tierra.
Ya nadie entiende que una amistad pueda ser
esa calma silenciosa de ver pasar los trenes
cogidos de la mano.
Aquel fue otro tiempo; otra época.
Aquella fue, sin duda,
otra juventud la nuestra.
--oOo--
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1 comentarios:
Precioso, José Manuel. Sabes transmitir emociones como nadie.
Sobre este poema se podría hacer un corto de cine magnífico.
Un abrazo grande
Ana
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