.
Ella vivió aquel día
con el alma suspendida; con el cuerpo
en el vacío; sopesando su vida,
la muerte; y fijos los ojos en el abismo.
Si al menos hubiera llovido aquella tarde –decía.
Pero no llovió. Aquel día tuvo por el contrario
un hermoso y limpio atardecer –algo extraño
en las predicciones de aquel invierno. Así
no es posible rendir cuentas a la vida: nadie merece
ser víctima de uno mismo en el ocaso
de un día tan perfecto.
Ahora es primavera. En primavera
la muerte no ronda los abismos. Ella revive
de vez en cuando el vértigo de aquellas horas
y a veces sueña que llueve en su recuerdo (y siente
caer sobre su conciencia la doliente levedad de su cuerpo)
Por fortuna aquella tarde
no llovió.
Unos niños gritan sobre el valle: ¡Gigante!
Y el eco les responde:¡Gigante! ¡Gigante! –aún más alto.
Ella se siente ahora grande y madre. Aquel invierno
simplemente ya pasó.
A veces mira a sus hijos
y cae de lo profundo del sentimiento
el recuerdo de un pálpito frío como de muerte.
¿Por qué lloras mamá? ¿Por qué nos abrazas
tan fuerte?
(Si aquella tarde no hubiera sido
… ¡tan hermosa!)
--oOo--
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

3 comentarios:
Me permití llevar este poema a mi Blogger porque deseo que más personas conozcan de tus letras y de tu extraordinario corazón.
Dios siempre te bendiga poeta amigo.
Beso enorme en tu poema.
Maricruz
Grandísimo poema, José Manuel.
Me encantó su sensibilidad y todo lo que insinúa, pero no dice.
Un abrazo
Ana
José Manuel, es un poema que llega al corazón, es preciosos, me he encantado. Un abrazo, Inés
Publicar un comentario en la entrada