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A esa edad
en la que no se sabe aún
que el amor existe
más allá de los brazos de una madre,
unas manos grandes abrieron mi corazón.
Llovía. Hacía frío.
Un hombre sucio y bebido caía, ebrio,
sobre el fango.
La gente dudaba y miraba hacia otro lado
para no ensuciarse los ojos de miseria.
Una madre tiraba del brazo de su hijo
que señalaba, ingenuo, con el dedo.
Yo también caminaba de la mano de mi madre
y era ingenuo, como un niño.
La ciudad rugía. Parecía un animal herido
a punto de desplomarse.
Recuerdo el ruido de aquella tarde,
la lluvia, el frío
y la inmensa ruina de aquel hombre.
Alguien se ofreció a recoger del suelo
la triste imagen de aquella derrota.
Mis ojos inocentes percibieron el vigor
de unas manos grandes y solas
cubiertas de barro y de miseria humana.
Vi sonrisas encendidas apagarse de golpe
y un mar de brazos cruzados soportando
la vergüenza de su propio peso;
pero el ruido…
Mamá, ¿porqué no se oye nada?
(Por que ha pasado un ángel
Por que ha pasado un ángel)
Nunca desde entonces rechazo una mano tendida
manchada de barro. Y jamás doy la espalda
a un hombre bueno que lleva
la ruina de otro hombre en brazos.
Yo era ingenuo. Y niño. Y vivía
en ese mundo limpio
de las manos de una madre.
Siempre se aprende algo nuevo
de un hombre bueno que deja
su corazón tendido en el fango.
--oOo--
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1 comentarios:
Exclente, excelente, excelente.
Es un placer pasar por tu blog y encontrarme con poemas tan grandes como el que acabo de leer.
Un abrazo
Joan
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